viernes, 19 de julio de 2013

Cuentos como terapia



Recuerdo que cuando era pequeña los cuentos me ensimismaban, me permitían imaginar mundos de fantasía donde yo era la bella princesa de cabellos dorados rescatada por el apuesto príncipe, o provocaban que el corazón se me encogiera cada vez que Bambi perdía a su madre en el devastador incendio del bosque o incluso me generaban un miedo indefinido cuando el lobo feroz trataba de devorar a la inocente Caperucita Roja, ajena a las fauces del terrible mamífero que camuflaba su origen bestial bajo la cofía y el camisón de dormir de la abuelita.
Crecí con los cuentos de los hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen y las versiones animadas de Walt Disney de algunos de ellos.
Forman parte de mi pasado y jamás podré olvidarlos y aunque a los niños de hoy se les ofrecen constantemente nuevos personajes, está claro que los clásicos siguen siendo un referente.

Lo que yo desconocía cuando me dejaba ensoñar por esos relatos fantásticos es que “los cuentos tienen un potencial terapéutico que a menudo ignoramos. Cuando escuchamos uno nos relajamos, desconectamos de nuestros problemas, no tenemos activadas las defensas con las que vamos por la vida y entonces el cuento entra en nosotros por debajo del radar… y empieza a actuar”, explica  Julio Manau, cuentacuentos profesional y experto en diferentes disciplinas de comunicación.
Yo esto lo sentía y lo sigo sintiendo cada vez que leo, aunque sin ser plenamente consciente de esta acción narcotizante.


Manau profundiza más en esta afirmación y asegura que los cuentos están llenos de metáforas y de símbolos que nuestro cerebro entiende perfectamente, y ambos son curativos por sí mismos. De hecho, cuando no tenemos la experiencia vivida de alguna cosa, la mejor manera de entenderla es mediante una metáfora. De ahí, que a los niños los cuentos les fascinen aún más si cabe.
Hablar de “ricitos de oro” resulta más sugerente para el cerebro que hablar simplemente de la “niña de pelo rizado y rubio”.
De igual modo, los símbolos son una constante en los cuentos. Muchos de ellos concluyen con la feliz boda entre el príncipe y la princesa, símbolo que representa la unión del principio masculino y el principio femenino, asegura Manau.
Y si ahondamos más, Oscar Peyrou en su introducción a la obra recopilatoria Cuentos de antaño de Ch. Perrault (Ediciones generales Anaya), añade: “Las hadas, genios y ogros que aparecen en numerosos relatos maravillosos son una síntesis de varios personajes fantásticos”. Estos serían según Peyrou: dioses de segundo orden, héroes semidivinos, espíritus, serpientes, magos y brujas.
El análisis puede ser todo lo amplio que se desee, ya que hay gran cantidad de estudios al respecto. Pero centrándonos de nuevo en el potencial de los cuentos lo que enfatiza Julio Manau es que su poder radica en que todos estos símbolos y metáforas están perfectamente organizados dentro de una historia.
“Nuestra mente se organiza mediante historias. Nos explicamos la vida y la realidad con ellas. Construimos nuestra identidad explicándonos la historia de quiénes somos. Al mismo tiempo, los demás nos explican su realidad a través de sus historias. Los medios de comunicación reflejan lo que pasa en el mundo con miles de historias diferentes cada día. En resumen, sin historias no podemos vivir. Si queremos entender algo tenemos que explicarlo mediante una historia.”

Todo se gesta en la infancia

Para entender esa seducción que ejercen en nosotros las historias, hay que remontarse a los primeros años de vida, en concreto, cuando tenemos entre tres y siete años. Jean Piaget, el padre del constructivismo, aseguraba que en esta etapa se empieza a representar los acontecimientos externos mediante símbolos. Como aún no se es capaz de hacer un razonamiento lógico, se atribuyen propiedades mágicas a los objetos. Esta etapa se conoce también como etapa del pensamiento mágico-simbólico.
Piaget indica que cada vez que se pasa a una nueva etapa de la vida, queda algo de la anterior, esto es, “
no abandonamos totalmente la forma de entender el mundo del periodo precedente, más bien una etapa se superpone sobre otra, como en un modelo de capas. Entonces, los adultos también tenemos un residuo del pensamiento mágico-simbólico. Es por eso que los símbolos tienen tanta fuerza. Y es por la misma razón que los cuentos nos producen este efecto.”
Esta teoría es una de las muchas que avalan la terapia que ejercer los cuentos, asevera Manau.
El experto defiende además los cuentos de hadas, en contra de ciertas corrientes actuales que buscan resquicios sexistas que probablemente no estaban en la mente de aquellos quienes los idearon, al menos conscientemente, y en su favor argumenta lo siguiente:

"La fuerza de los cuentos recae en su carga simbólica y es así como tendríamos que analizarlos. Los cuentos apelan a los recursos internos que todos tenemos para solucionar nuestros problemas. Son un mapa del tesoro de nuestra conciencia y nos muestran el camino para resolver los problemas con los que inevitablemente nos topamos en la vida. Autores como Bruno Bettelheim (Psicoanálisis de los cuentos de hada) y Sheldon Cashdan (La bruja debe morir) enfatizan que los niños a quienes les contaban cuentos de hadas cuando eran pequeños, al hacerse adultos disponen de más recursos en el momento de enfrentarse a los problemas que aquellos niños a quienes no se les explicaban.
Por todo esto, sería una lástima despreciar todo este patrimonio, toda esta sabiduría inconsciente, todo este legado de miles de años únicamente porque vivimos en la época de lo políticamente correcto. Y afortunadamente, hoy en día, hay gente que trabaja para que los cuentos de hadas sean declarados patrimonio inmaterial de la humanidad".


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