Recuerdo que cuando era pequeña los cuentos me ensimismaban, me permitían imaginar mundos de fantasía donde yo era la bella princesa de cabellos dorados rescatada por el apuesto príncipe, o provocaban que el corazón se me encogiera cada vez que Bambi perdía a su madre en el devastador incendio del bosque o incluso me generaban un miedo indefinido cuando el lobo feroz trataba de devorar a la inocente Caperucita Roja, ajena a las fauces del terrible mamífero que camuflaba su origen bestial bajo la cofía y el camisón de dormir de la abuelita. Crecí con los cuentos de los hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen y las versiones animadas de Walt Disney de algunos de ellos. Forman parte de mi pasado y jamás podré olvidarlos y aunque a los niños de hoy se les ofrecen constantemente nuevos personajes, está claro que los clásicos siguen siendo un referente (polémicas aparte).
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