jueves, 6 de diciembre de 2018

Diez motivos para visitar Lisboa, ciudad hospitalaria y cosmopolita




La desembocadura del Tajo encuentra a su paso bellos enclaves, pero hay una ciudad que destaca por su historia, sus gentes, su arquitectura y su peculiar orografía al estar erigida sobre siete colinas. Con estas pistas seguramente ya puedas tener idea de a qué lugar nos referimos, sí es Lisboa, la capital de Portugal y la más occidental de la Europa Continental. Un lugar ideal para disfrutar durante una escapada de unos días, un fin de semana o incluso para pasar la Navidad.

Panorámica de Lisboa. Foto de Teresa Rey.



1. Ciudad hospitalaria


Lisboa es una ciudad para conocer con calma paseando para cada uno de sus rincones, de sus barrios, a muchos de los cuales se accede a través de vertiginosas cuestas que sólo se pueden subir o bien andando o bien en sus famosos tranvías o tuk tuk, triciclos vehiculizados, que abundan por sus calles estrechas empinadas, bulliciosas y alegres. Y así precisamente son los lisboetas, porque su carácter es afable y amable. Probablemente esta forma es lo que ha provocado que esta cosmopolita urbe sea la tercera ciudad más hospitalaria del mundo, según una encuesta realizada por el sitio de viajes TripAdvisor. 


2. Calzada


Esta hospitalidad es uno de los puntos a destacar de este lugar, pero hay muchos otros aspectos que nos llamarán la atención cuando visitemos por primera vez la capital lusa. Uno de ellos es la calzada, una peculiaridad que no nos dejará indiferentes cuando posemos nuestros pies sobre este original suelo mientras nuestros ojos van descubriendo la monumentalidad que nos rodea. Este firme fue construido artesanalmente por diestros obreros usando piedras calizas cortadas a la perfección, colocadas según las preferencias estéticas del momento, de tal modo que combinando tonalidades blancas y negras forman elementos geométricos, figurativos o diseños con dibujos específicos como estrellas, barcos, sirenas, etcétera. En cualquier parte, al bajar los ojos podrás deleitarte con esta original calzada, pero se puede descubrir con todo detalle en el patrón ondulado de Avenida de la Libertad o en la simetría que luce en el barrio de Chiado.

Calzada de Lisboa. Foto de Teresa Rey.



3. Azujejos


Si elevamos nuestra vista, en sintonía con esta singularidad, podremos apreciar otra característica arquitectónica de Lisboa: los azulejos. Este arte es apreciable en algunas fachadas que podemos encontrar en casi todos los barrios. La azulejería ha resistido al paso del tiempo y hoy día, aunque muchas muestras se hallan en palacetes o casas privadas, es posible contemplarla en edificios que son todo un emblema al pasear por los barrios de Alfama, Mouria y Chiado. Además, si se quiere conocer más sobre este arte, toda su historia está en el Museo del Azulejo. 

Edificio de azulejos de Lisboa. Foto de Teresa Rey.



4. Barrios y miradores


Si iniciamos nuestro descubrimiento de la ciudad desde la parte más alejada del estuario del Tajo, podemos empezar caminando por la Avenida de la Libertad, la más majestuosa y señorial de la capital, bordeada por tiendas de lujo en construcciones del siglo XIX, cafés en terrazas cubiertas situados en una pasarela central ajardinada y por varios monumentos. Mientras caminamos por esta avenida cuyas amplias calzadas muestran en blancos y negros las formas geométricas mencionadas,  en apenas un kilómetro nos topamos con la Plaza de Los Restauradores. En su centro hay un enorme obelisco en honor a los rebeldes que en 1640 se erigieron contra la dominación española. También está el llamativo edificio del Hotel Edén que ocupa lo que era un antiguo cine. 


Desde este misma plaza podemos subir por la Calçada de la Gloria, en tranvía o andando, y descubrir el Barrio Alto si proseguimos por la Rúa Sao Pedro de Alcántara y la Rúa da Misericordia. En éste descubriremos varios locales para escuchar fados a la par que las típicas calles estrechas de una Lisboa alternativa cuyos límites se juntan con el más bohemio de los barrios de la ciudad: Chiado. En éste las calles están llenas de locales estrechos que invitan a tomar un Oporto o una cerveza en buena compañía. Y callejeando descubriremos uno de los atractivos más eclécticos de la zona, el mirador de Santa Catarina. Los oriundos lo conocen como el Adamastor, y suele estar repleto de jóvenes de toca clase y condición, que sentados en la plaza y jardín que lo configuran, esperan conversando mientras toman un caña o un vaso de sangría, la espectacular puesta de sol, la más bonita de la urbe, junto a las vistas del estuario del Tajo, el puente 25 de abril y los tejados de São Paulo.

Elevador de Santa Justa en Lisboa. Foto de Teresa Rey.


Volviendo de nuevo a la Plaza de los Restauradores, esta vez dirigiremos nuestros pasos hacia la Estación de Rossio, cuya fachada es una de las más llamativas de la ciudad. De estilo neomanuelino, obra del arquitecto Luis Monterio, que se encargó de construirla a finales del siglo XIX. La entrada principal tiene dos puertas de acceso en forma de herradura y una torre con un reloj, algo muy habitual en las estaciones ferroviarias de la época. De hecho, el edificio parece más un teatro o la sede de una embajada y no el acceso a uno de los centros de transporte más importante de la ciudad de la que parten trenes a numerosos sitios de interés como Sintra. 

Estación de Rossio de Lisboa. Foto de Teresa Rey



A pocos pasos veremos una de las plazas con más vida de la ciudad la Plaza de Rossio, muy pegada también a la Plaza de Figueria, que cuenta con un ambiente muy animado. Cerca de la primera a pocos minutos nos encontramos con el archiconocido elevador de Santa Justa. El único ascensor vertical de Lisboa, creado por el ingeniero de origen francés Raúl Mesnier de Ponsard, es una obra de hierro, material muy común de la época (se inauguró en 1902), que concluye en una torre desde la que se obtienen bellas vistas. El diseño interior es el original, de modo que todo el conjunto constituye una de las atracciones turísticas más demandadas. 


Si proseguimos nuestro camino cualquier de las rúas que bajan desde las plazas de Rossio o de Figueira, nos llevarán a la magnánima plaza del Comercio, la más importante de la ciudad. En ella estuvo el palacio real hasta que el terremoto de 1755 lo destruyó. La plaza mira al Tajo y antaño era la puerta de Lisboa, donde arribaban los barcos mercantes.

Destacan los edificios porticados que la rodean, la estatua ecuestre central de José I, rey portugués que estuvo al mando durante el terremoto, y el Arco Triunfal da Rua Augusta, que fue diseñado por el arquitecto Santos de Carvalho para celebrar la reconstrucción de la ciudad después del devastador temblor de tierra.

Arco Triunfal da Rua Augusta. Foto de Teresa Rey.



5. La Alfama


Si hasta ahora hemos recorrido la parte más alternativa y comercial de Lisboa, aún nos queda por descubrir otra zona más pintoresca: el barrio de La Alfama. Un barrio de pescadores de origen visigodo y en el que los romanos dejaron su impronta en las ruinas del Teatro Romano y en el interior de la catedral, que de estilo románico se conoce como catedral de Sé. De aquí es inevitable ir al mirador de Santa Luzia, uno de los más bonitos de la capital por su azulejería única, el jardín y el agua que lo configuran, además de por las vistas del Tajo, las casas blancas y las cúpulas de las Iglesias de Santa Engrancia, San Esteban o las dos torres de la de San Miguel. 


Muy cerca, recorriendo las empinadas calles sólo aptas para tranvías, tuk tuk, o para los pies de los viandantes, alcanzaremos el Castillo de San Jorge, que con más de ochos siglos de historia ofrece unas vistas panorámicas espectaculares. No pasan desapercibidos por los visitantes los pavos reales que hay en esta estancia y que permanecen impertérritos a las continuas fotografías de los curiosos.  

Vistas del Castillo de San Jorge. Foto de Teresa Rey.



En este mismo barrio encontramos el Panteón Nacional con una enorme cúpula a la que se puede subir. Una balconada interior la bordea de modo que el interior de la construcción se puede apreciar desde arriba, aunque la experiencia no es recomendable para quienes sientan vértigo. En el exterior, nuevas vistas preciosas de la ciudad.

En esta parte encontramos otros miradores de interés como el Das Portas da Sol o el da Senhora do Monte, además del Museo del Fado.

 6. Patrimonio de la Humanidad


Alejados de todo el meollo y bullicio central, la capital lusa encierra dos maravillas Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO: la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos. La primera se construyó en 1514 por orden del rey D. Juan II, para proteger marítimamente a una ciudad que con los descubrimientos del Nuevo Mundo se convirtió en el centro del comercio mundial.

Torre de Belem. Foto de Teresa Rey.



El otro lugar que no pasa desapercibido por la llamativa estructura blanca que lo caracteriza y por ser identidad ineludible de la idiosincrasia portuguesa, es el monasterio de los Jerónimos. Lo mandó construir el rey D. Manuel I en 1496, y en un primer momento se erigió en honor de Santa María de Belén, pero posteriormente se donó a los monjes de la Orden de San Jerónimo, de ahí que se le conozca por este nombre. Destaca su precioso claustro y la Iglesia que guarda sepulturas de hombres ilustres por diversos motivos como Vasco de Gama, navegante y explorador, y el escritor Luís de Camões, entre otros.


Justo enfrente de esta edificación clásica nos topamos con otra creación que mira al Tajo y que ya sólo por sus dimensiones (52 metros de altura) nos llamará la atención: el monumento a los Descubrimientos. Se hizo en 1960 para conmemorar los cinco lustros de la muerte de Enrique el Navegante. Es original su forma de carabela y las 33 personalidades agolpadas e inmortalizadas pétreamente, todas ellas relacionadas de algún modo con la época de los escubrimientos. 

Detalle del monasterio de los Jerónimos. Foto de Teresa Rey.




7. El Fado


Es la expresión musical popular más conocida de Portugal y calificada como Patrimonio Mundial Inmaterial de la Humanidad. Se trata de canciones melancólicas que nacen en la primera mitad del siglo XVIII, y que hablan de la historia del país. En la capital hay varios locales donde se puede escuchar en directo a intérpretes de este estilo musical.

En el barrio de Mouraria, hay un mural el “Fado Vadio” que lo homenajea y que fue creado por un colectivo de artistas convirtiéndose en una muestra emblemática de arte urbano. Y, por supuesto, si quieres saber algo más sobre este género musical, no debes dejar de visitar el Museo del Fado.


Tranvía de Lisboa. Foto de Teresa Rey.

8. Farolas


La luz de Lisboa es única y singular, y su secreto se encuentra en sus farolas. Si nos fijamos, las más antiguas son estructuras de metal situadas en las paredes, mientras que las modernas las veremos en forma de columnas. Destacan sus estructuras creadas a base de hierro forjado, fundido y granito, en las que se mezclan el estilo romántico y moderno. Algunas están adornadas con el símbolo de Lisboa, una carabela con dos cuervos, y pueden apreciarse tanto en los barrios nuevos como antiguos. 


9. Lisboa Moderna


Se considera que la Plaza Marqués de Pombal, al final de la Avenida de la Libertad, es el inicio de la Lisboa moderna. En ésta misma plaza veremos construcciones actuales que son sede de importantes empresas portuguesas, bancos o grandes hoteles.
El Parque de las Naciones, donde se albergó la Expo de 1998, es una también una interesante muestra de la arquitectura contemporánea. Aquí se encuentra el Oceanario de Lisboa, el acuario interior más grande de Europa. 


Latas de sardinas típicas de Lisboa. Teresa Rey.



10. Sardina Asada y bacalao con garbanzos


En la gastronomía lisboeta hay dos platos que sobresalen: las sardinas asadas y el bacalao con garbanzos. Las sardinas se suelen tomar sobra una rebanada de pan o con pimientos a la parrilla y patatas cocidas. En cuanto a la “meia desfeita” de bacalao, destacar que su preparación consiste en desmigar el pescado y mezclarlo con los garbanzos cocidos, después todo se adereza con cebolla, perejil y ajo picados y, finalmente, se espolvorea pimentón y se riega con salsa de aceite, vinagre y pimienta.

Para beber, dependerá de los gustos, pero un buen vino puede ser ideal o una cerveza nacional: Sagres y Super Bock, son las típicas. También se puede pedir un vaso de sangría roja o blanca. 


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