Frase para recordar

"Sólo pierde quien deja de intentar"

jueves, 28 de febrero de 2019

Entrevista con la escritora y profesora Sonia Díez: “Los planes de estudio actuales se centran en los contenidos, y no en el placer de aprender, ¡eso sí que engancha!”


Claves de Mujer ha entrevistado a la escritora y profesora Sonia Díez, doctora en Ciencias Económica y Empresariales por la Universidad de Málaga y licenciada en psicología Ciencias de la Educación. Es una mujer apasionada por su profesión. Se define a sí misma como profesora, escritora, empresaria y madre. Además, a día de hoy, es conferenciante, fundadora y directora de centros educativos. Díez es también vicepresidenta de la Federación Española de Mujeres Directivas y Empresarias.


Después de superar un cáncer de páncreas se planeta que todo su conocimiento del mundo educativo puede ser una oportunidad para empezar a luchar por el cambio y acabar con el anquilosamiento en el que la está inmersa la educación actualmente. Sonia Díez, considera que hay que reaccionar y hay que comprometerse con el futuro de los niños que también es el nuestro.




De todas estas cuestiones habla la autora en su proyecto más personal, el libro EducAcción (Ed. Deusto). Esta obra, la autora propone 10 acciones para el cambio que considera fundamental en los sistemas de educación actual. Apuesta por un nuevo paradigma educativo basado en el aprendizaje (al revés que el actual, basado en la enseñanza), cuyo eje fundamental sea el bienestar del niño y sus necesidades. Sonia Díez ve fundamental cambiar las normas, promover el emprendimiento y el compromiso social.


“El modelo educativo hay que cambiarlo, los niños del futuro no se merecen la educación del pasado”, reclama Sonia Díez. Para esta profesional, el nuevo modelo debe basarse en el esfuerzo, el apoyo, la creatividad, el sentido crítico, la confianza, el talento y la motivación. Valores en los que debe focalizarse el profesor en las aulas para formar a los niños en esas habilidades y competencias que el mundo futuro está demandando.


En la entrevista que ofrecemos a continuación nos habla de estas cuestiones y otros muchos aspectos interesantes.




¿Cuál fue el motivo que le llevó a escribir este libro?

El dolor y la esperanza, dos emociones que van siempre de la mano del compromiso. En mi caso, el compromiso es con los niños. Me duele ver que asisten cada día a un colegio que fue creado para un mundo que ya no existe, me duele ver que el futuro al que se dirigen exige competencias que jamás serán contempladas en su “plan de estudios”, me duele ver la confianza que depositan en una promesa que continuamente incumplimos: la de que si van a la escuela todos los días y se aplican en hacer lo que les decimos, tendrán éxito en la vida... Y la esperanza de ver que otras formas de pensar y hacer Educación son posibles y pueden empezar a suceder... si los adultos queremos, claro está.



Desde su punto de vista ¿cuáles son las principales carencias de nuestro sistema educativo?

La falta de libertad y autonomía de los centros, la falta de debate auténtico (sólo hay discurso político e intereses gregarios), la falta de honestidad para hablar claro sin que se estigmatice a quien discrepa del statu quo y el miedo  que impide poner en marcha la iniciativa emprendedora de muchos fantásticos educadores.



¿Existen diferencias entre la educación pública y privada?

Si. Las dos son necesarias. La educación pública es la principal garantía de un derecho fundamental, por eso recibe no sólo apoyo y supervisión directa de la Administración sino el doble de financiación que la concertada (en algunas comunidades autónomas, como el País Vasco, bastante más que el doble). Por su parte la educación privada no-concertada tiene la virtud de salir gratis al Estado y servir, en muchos casos al estar obligada a competir y ofrecer algún valor diferencial, de fuente de experiencias de innovación pedagógica.

Las diferencias de resultados académicos, cuando existen, no se corresponden con la fuente de financiación (pública o privada) sino con la calidad y el compromiso del profesorado de un centro determinado (y eso está muy relacionado con el liderazgo de quien está al frente de la escuela) y, desde luego, también existe una estrechísima correlación del éxito académico con el contexto socio-familiar. Lo dicen las estadísticas: el nivel cultural y la implicación de los padres en la educación de sus hijos tiene un efecto directo sobre sus resultados. Invertir en la formación y evaluación del profesorado así como en políticas de apoyo familiar siempre sale “a cuenta” en cuestiones de Educación.





¿Por qué cree que hay tanto fracaso escolar en España?

Porque sólo prestigiamos lo que medimos y actualmente solo estamos midiendo una parte muy pequeña del aprendizaje. Medimos lo que está demostrado que aporta menos valor a la educación de verdad: ¡el contenido! Un contenido que se olvida en un 95% con el paso de los años, un contenido que ahora abunda y desborda... Si midiéramos competencias creativas y de aprendizaje, de comunicación, de trabajo en equipo... formaríamos a los alumnos en ellas y al medirlas nos daríamos cuenta de que TODOS, absolutamente todos son valiosos. Cada ser humano es valioso y merece saberlo a lo largo de su infancia porque sólo así crecerá consciente de que el mundo que hereda le necesita. La autoestima es fundamental para crecer y desarrollar el pleno potencial de una persona. La autoestima y el trabajo, claro está. La escuela tiene que ofrecer posibilidades de explorar todos los talentos posibles de cada alumno (suena grande pero no es una quimera, es posible: se trata solo de dar espacio al alumno y evaluar de forma personalizada sus capacidades) Una vez hecho esto, el siguiente paso es co-responsabilizar al alumno del desarrollo de esas aptitudes. Esto es fundamental. El alumno debe ser el protagonista del proceso y eso es incompatible con la actitud pasiva a la que les relegamos ahora. Tienen que evaluar su propio rendimiento y establecer objetivos ambiciosos pero alcanzables para sentirse orgullosos de su progreso.


A los profesores les falta motivación en este país, ¿no es así?

Sí. A muchos adultos y a muchas profesiones les pasa... Pero lo cierto es que a algunos también les falta agallas. La queja no sirve de mucho. Tenemos una profesión maravillosa y hay que ponerse en pie de Acción, de EducAcción... A ciertas alturas y en ciertas profesiones la motivación hay que crearla cada día y no podemos esperar que otro se ocupe de servírnosla en el plato. La motivación es “cocina casera”, hecha a base de los mejores ingredientes emocionales cultivados por cada cual y hecha con tiempo y mucho amor. La formación del profesorado es crucial pero al igual que pasa con los alumnos, sólo puede aprender quien realmente desea hacerlo. La motivación es “educable” y “cultivable”. Requiere dos habilidades fundamentales: generar pensamientos positivos y voluntad.





Los alumnos se aburren en las aulas, les falta algo… ¿por qué es así?

Porque no se puede Aprender sin que uno esté genuinamente “presente” y los planes de estudios, las clases, muchas veces se olvidan del alumno... se centran en los contenidos, en el método, en los plazos, en la evaluación... pero no en el placer de aprender... ¡eso sí que engancha! Descubrir algo, ese momento “¡Eureka!” es personal e intransferible... el alumno tiene que ser el protagonista de lo que sucede en el colegio y con frecuencia no lo es, es sólo el “paciente”.



¿Cómo pueden intervenir los padres?

Haciendo comunidad, creando espacios de intercambio y confianza.



Usted es madre, trabajadora y empresaria, ¿cree que el hecho de que muchas mujeres se hayan incorporado al mundo laboral ha influido en el modo de educar a los hijos?

Sí. En muchos sentidos. Para empezar ha equilibrado el modo de educar a los hijos. Los modelos de conducta, el reparto de tareas, las aspiraciones, los compromisos familiares ya no son cuestión de género. En contrapartida, cuando el sistema familiar se desequilibra ahora salpica al resto de estructuras sociales (antes siempre había un miembro en casa que soportara cualquier eventual desastre o dificultad...). Ahora, más que nunca, la sociedad tiene que apoyar a las familias en el mejor beneficio de los niños.



¿Qué opciones se deberían plantear ya mismo para establecer mejores en la educación?

Flexibilización del sistema (normativa, tiempo, calendario, autonomía de los centros, currículum, perfil del profesorado y contratación para materias de máxima actualidad, modelos de aprendizaje y pedagógicos,...), cambio en el sistema de evaluación del alumnado (incluyendo al menos tres parámetros más: autoevaluación, experiencias y co-evaluación) y el uso de las nuevas tecnologías como recurso válido para todos los procesos educativos (formación, organización, evaluación,...)



De no actuar el Gobierno, ¿en qué pueden derivar estas carencias?

Las estadísticas lo dicen muy claro: en 1.600.000 niños “fracasados” (es el 20% de 8 millones escolarizados en España)... Es sangrante.



Por último, ¿algún consejo para la sociedad en general, qué se puede hacer?

Hablar de Educación. Debatir sin miedo. Recuperar la voz de los padres y madres, de los profesores, de los directores de centros... de forma libre e individualizada. Las agrupaciones sindicales, patronales y asociativas no son ya la voz de “los profesores”, de “las familias”, de “los centros” y, desde luego, no representan los intereses del niño. Cada uno de estos macro-grupos habla de “lo suyo” pero a todos les da miedo perder posiciones en los tiempos de cambio que corren... Hay que dejar de escudarse en posiciones “gremiales” y tomar como único punto de referencia las necesidades del niño. Los niños pasan quince años en la escuela... a partir del quinto empiezan a decir que no quieren ir y cuando llegan a secundaria menos del 20% continuaría yendo a clase porque no le ven sentido a lo que hacen... pero es obligatorio (y aún pensamos que ese “que se aguanten” es educativo en algún sentido... pues no lo es. “Aguantarse”, sin más y porque sí, muchos años enferma cualquier organismo y, desde luego, aleja del placer, gusto, entusiasmo y vocación de aprender.



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